DATOS PERSONALES

Politólogo y Maestro en Derecho Electoral / Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (México City). Especialista en temas de Políticas Públicas, Federalismo, Gobiernos Locales y Derecho Electoral. e-mail: mgmundouno@yahoo.com.mx

sábado, 10 de marzo de 2012

Revolución versus Terrorismo, Revuelta, Amotinamiento, Vandalismo.

Miguel González Madrid
Protesta de indignados en la Plaza Catalunya, 2011. 
Foto de Alejandro de la Rica: 
http://www.peperibas.com/wp-content/uploads/Plaza-Catalunya.-Foto-Alejandro-de-la-Rica.jpg
Karl Marx distinguió muy bien entre, por un lado, las acciones revolucionarias contra el capitalismo y sus instituciones y, por otro, las acciones anarquistas, terroristas y golpistas que, si bien suelen ser emprendidas contra instituciones capitalistas, no tienen por objetivo una transformación política y social que empodere a la población hasta ahora desposeída y sometida a la lógica del capital. Marx y Engels creían que la revolución contra el sistema capitalista podría devenir violentamente y significar la pérdida de vidas humanas, pero no compartieron, por ejemplo,  las acciones del socialista francés Louis August Blanqui –centradas en la revuelta armada, en la inflexibilidad de su estrategia, en la preferencia por el papel de la intelectualidad estudiantil y en propósitos francamente utópicos– ni las del anarquista ruso Mijail Bakunin, firme opositor de toda forma paternalista o autoritaria por la vía de la revuelta, el motín y el asesinato, reduciendo su objetivo a crear una “comunidad de los individuos”, sin autoridad alguna, sin religión, sin familia (sede originaria del autoritarismo paternalista) y sin el régimen de  propiedad privada, en la que, por tanto, no exista más el Estado.

Para Bakunin, como para su seguidor francés Pierre-Joseph Proudhom, bastaba una población sumida en la pobreza o la miseria para llevar a cabo la revolución que tenía como fin desaparecer de un golpe violento al Estado; para Marx y Engels, como luego para Lenin, la revolución socialista (más tarde llamada “comunista” o “proletaria”, para diferenciarla de otros movimientos políticos) no podía ser reducida a una simple confrontación violenta y sangrienta, mientras que el Estado no podía desaparecer de ese modo, mediante una devastadora y voluntarista acción violenta, sino que ello requería de todo un proceso de acumulación de fuerzas, de preparación y organización de una clase convertida en nuevo sujeto de la historia, y de la conjunción de una serie de circunstancias adversas al sistema capitalista. El proyecto marxista de revolución se alejó de toda tentativa golpista, terrorista y vandálica porque, en primer lugar, éstas acciones no significaban un movimiento de clase social ni tomaban en cuenta que la emancipación de las clases trabajadoras no podía plantearse en el vacío, sino en oposición directa a las bases de organización y funcionamiento del sistema capitalista; no desde fuera de dicho sistema, sino desde dentro, puesto que el proletariado era su expresión opositora por naturaleza, y nadie más. Con respecto al terrorismo –sea que éste se justifique en alguna base ideológica o carezca de ella– Marxismo en Red y otras agrupaciones marxistas de similar horizonte han fijado con claridad las diferencias de fondo cuando a aquella línea de acción violenta se le ha confundido con un tipo de acción contra el Estado, sobre todo porque se emprende sectariamente y con el propósito sobresaliente de provocar un desquiciamiento de las instituciones, no su transformación.

Hoy en día, muchas cosas han cambiado (demasiadas, por cuanto a los contextos, los actores, los proyectos, las justificaciones, las bases sociales, etcétera), pero no el efecto demoledor que mantiene el capitalismo sobre los desposeídos, sobre aquellos que apenas subsisten con las migajas que caen de muy pocas manos desparramadas de riqueza, y tampoco el creciente malestar que provoca la expoliación que hace subsistir al sistema capitalista, como si fuese el piso normal sobre el que se ha vivido siempre, sobre el que estamos condenados a vivir. De modo similar, uno y otro fantasma “revolucionario” del pasado se hace presente cuando se le invoca en medio de las crisis –cada vez más complejas y despiadadas– del sistema capitalista.

Así, cuando las frecuentes expresiones de indignación social suben de tono –porque a las instituciones capitalistas parece no importarles el sufrimiento social ni la pérdida de puestos de trabajo ni los recortes presupuestales al gasto social ni otras numerosas injusticias y condiciones indignas de vida– nuevamente están a la vista las revueltas, las protestas en las plazas públicas, los amotinamientos sociales, las movilizaciones en las calles, los gritos multiplicados de inconformidad, pero, en tanto, la revolución política y social se ha vuelto sólo un bello sueño, porque, aparte la terrible dificultad para accionar del mismo modo que en los siglos XIX o XX, lo que generalmente parece buscarse es un zona de restauración de las instituciones sociales, económicas y políticas en donde la gente o los rebeldes puedan sobrevivir y, desde ahí, persistir en la provocación de grietas que hagan posible unos y otros cambios políticos, sociales, económicos o culturales, hasta lograr nuevos derechos, nuevos modelos de gobierno, nuevas formas de organización, nuevas formas de vida colectivas, y tantas cosas más que, al menos, puedan paliar el dolor de vivir una larga espera para emprender una gran transformación social.

Esa larga espera no ha sido, sin embargo, una especie de hibernación, puesto que desde múltiples lugares y en diversos momentos brotan las expresiones de hartazgo y de indignidad, a pesar del bloqueo impuesto por la represión gubernamental y las masacres en algunos puntos del mundo, y de que, entre claroscuros, estas expresiones son también –continua, cotidiana y gravemente– difamadas por acciones viles de pequeños grupúsculos que han encontrado su modus vivendi en el engaño a “las masas”, en la manipulación de sectores de población que buscan respuesta a sus carencias, en la injerencia arbitraria en los asuntos que son propios de comunidades que gozan de autonomía, en la exaltación de su disposición a pensar por los demás y, desde luego, en la reiteración de que toda autoridad, en el mundo actual, es sólo una tuerca del imperialismo, del sistema capitalista, de la dominación de clase, del neoliberalismo y de otros fantasmas más que rondan por las cabezas enloquecidas por la ferviente creencia de que ellos son los nuevos mesías, los nuevos iluminados. Hasta el más rezagado miembro de dichos grupúsculos llega a creer que los demás le miran como un enviado del cielo: en las asociaciones sindicales, entre las comunidades estudiantiles, en medio de las protestas colectivas, en las comunidades religiosas, en todas partes. Ahí, las grandes acciones revolucionarias son cosa del pasado; ahora, lo que suele ser nota repetida –y buscada– en los medios de comunicación, es la diatriba, el escupitajo close up, la toma violenta del pasillo, la quema de automotores, y otras conductas chuscas, cómicas, pero también plenamente delictivas, porque los demás ya no importan o, al menos, sirven como pretexto para redimir el ego.

Pese a todo ello, la indignación, la movilización, la protesta social, que tienen un tejido y un impulso propios, no se pueden dejar tragar por la manipulación, el oportunismo y la demencia de aquellos que insisten en vivir de los demás. En definitiva, “vivir para los demás” dista mucho de “vivir de los demás”; del mismo modo, ser un líder es bastante diferente de ser un provocador.


Posdata: La intromisión será siempre nefasta, una enfermedad contra la cual hay que oponer principios y la dignidad de quienes todavía podemos pensar sin falsos mesías.

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