DATOS PERSONALES

Politólogo y Maestro en Derecho Electoral / Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (México City). Especialista en temas de Políticas Públicas, Federalismo, Gobiernos Locales y Derecho Electoral. e-mail: mgmundouno@yahoo.com.mx

sábado, 1 de enero de 2011

Irracionalidad, Estados inoperantes y vacío espiritual

Vencer el miedo a la libertad, vivir con nuestros derechos


Miguel González Madrid
La historia de la humanidad ha sido siempre una historia de tensión entre la violencia y la convivencia pacífica; desde el hombre de las cavernas, cada individuo se desgarra entre su propia intención de vivir en paz y la necesidad de echar mano de la fuerza bruta para sobrevivir. Incluso, si no hubiera sido por un uso inteligente de la fuerza, el ser humano hace tiempo hubiera desaparecido de la faz de la Tierra, pues no hubiera resistido los primeros ataques de enormes y hambrientas bestias. Por lo demás, la especie humana, en sus distintas variantes raciales, milenariamente ha logrado adaptarse a grandes y bruscos cambios de clima y de hábitat.

Esa historia parece interminable, a pesar de importantes avances científicos y tecnológicos de diversa aplicación, de la adquisición de bienes espirituales y de la integración de comunidades de reconocimiento de un ser supremo, de la implementación de políticas internacionales de disuasión de guerras regionales, de la conformación de comunidades políticas para proteger derechos colectivos e individuales, etcétera. La violencia aparece bajo otras formas y con consecuencias devastadoras, ya no sólo entre naciones, sino además desde los propios núcleos familiares y en los clúster de grupos de poder.

Ante todo ello, los Estados revelan su inoperancia, principalmente por la ineficacia de sus órganos ejecutivos y por el fenómeno de corrosión que se enquista en los variados escalones de las áreas burocrático-administrativas. Al final, ante la ausencia de alternativas de convivencia pacífica y de aceptables condiciones de reproducción material y social se observa un círculo vicioso porque el Estado echa mano de la violencia legitimada jurídicamente para tratar de vencer las amenazas al orden social y político, las cuales parecen difundirse como burbujas en una sociedad descompuesta, en donde el control panóptico ha entrado en crisis. En efecto, la violencia sólo genera violencia; paradójicamente, el príncipe, que prefiere ser temido antes que amado, desata el lado oscuro de los individuos: la gran bestia provoca a la pequeña bestia que todavía llevamos en nuestro ser individual.

Pero, entonces, ¿qué puede hacer el Estado revestido no sólo de fuerza, sino también de astucia, según la célebre caracterización de Maquiavelo, luego desarrollada por Antonio Gramsci? Pues justamente lo que Thomas Hobbes recomienda para acabar con la guerra de todos contra todos: el sometimiento de los gobernados ante un orden jurídico y político que tiene como propósito garantizar el interés público, la procuración de bienestar y la paz. De modo que es una desgracia vivir en un Estado-Nación en el que no hay garantía de empleo digno (suficiente y bien remunerado), en el que un puñado de amigos del más alto magistrado percibe sueldos que superan individualmente el de cien o doscientos trabajadores con salario mínimo, en el que poco más de la quinta parte de la población vive en situación hambrienta, en el que el mantenimiento de la burocracia que custodia el orden democrático engulle demasiado dinero, en el que el fin de la política se ha tornado una búsqueda de posiciones de poder político, sin importar principios, y en el que es una pena estar en las clasificaciones de mayor corrupción, desigualdad y falta de crecimiento económico.

La irracionalidad agobia esta época de la humanidad, mucho más que cuando la inteligencia humana no había podido descollar; la inoperancia de los gobernantes decepciona a los héroes de la democracia, mucho más que cuando el mundo conoció por primera vez las asambleas y las plazas públicas para discutir entre todos los asuntos de comunidad; y el vacío espiritual se hace más evidente con la crisis de muchas iglesias y, sobre todo en el mundo católico, con las graves consecuencias de haber minimizado las tragedias provocadas por ministros pederastas, con la complacencia del alto clero, incluido el ideólogo conservador investido al final de su vida con la más alta jerarquía.

Tras la oscuridad es posible que venga la luz. Pero eso depende de muchas voluntades, de nuestra capacidad para vencer intereses particulares, de nuestra disposición al compromiso colectivo, de una amplia acción para vencer a la bestia que durante un siglo (o poco más) ha avivado infiernos en diversas partes del planeta, de nuestro propio atrevimiento para vencer el miedo a la libertad.

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